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Cuidado con el perro

第 1 张,共 147 张
12月24日

Hace cuatro meses que te fuiste

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Yo no quería que te fueras, pero tú querías irte ya. Puede sonar duro decirlo pero quizás nos invada a todos el mismo sentimiento alguna vez, creo que te sentías sin razones para quedarte. Han sido 90 años papá. Sembraste tanta vida, construiste tanto con tan poco, entregaste tanto por la felicidad de nosotros y de nuestros hijos, que empezaste a perder motivos cuando las fuerzas no te alcanzaron ya para seguir dando más. Porque tu vida ha sido, un constante dar, un dar sin esperar, un dar sin pensar en ti mismo, un dar sin condiciones.

De ti aprendí yo que el sinónimo de la palabra amor era generosidad. Que no existe otra forma de amar que no sea dando al otro lo mejor de ti mismo una y otra vez sin reparar en nada. De ti aprendí también que el sinónimo de la palabra amor era alegría. Cómo olvidar tu buen humor, tu risa constante, esa admirable facilidad para encontrar siempre el lado gracioso y divertido de la vida, tus enormes ganas de hacer sentir bien a los demás y de arrancarles siempre una sonrisa. De ti aprendí igualmente que el sinónimo de la palabra amor era intensidad. Jamás olvidaremos tus historias, que daban cuenta de la pasión que pusiste siempre en cada cosa que elegiste hacer.

Tanta energía padre, tanta energía. Cómo no sentir que tu vida había concluida ya el día que esa energía abandonó tu cansado cuerpo, agotado de tanto dar. Que Dios te cuida papá y que nos de la felicidad de soñarte siempre y de saberte feliz, reunido otra vez con mamá y esta vez para siempre. Perdónanos si no hemos sabido estar junto a ti lo suficiente en los últimos días de tu vida, atrapados en mil obligaciones y casi siempre sin tiempo. Pero te hemos querido mucho y te querremos siempre. No te vayas con tristeza. Conserva siempre el orgullo por el inmenso amor que sembraste en nosotros y que cada uno será en adelante responsable de conservar y multiplicar. Hasta la vista papá.

Diciembre 24 de 2007

3月7日

Defensa de la tristeza


Fotografía (c) Hugo Herci

«A veces por supuesto usted sonríe y no importa lo linda o lo fea lo vieja o lo joven lo mucho o lo poco que usted realmente sea». Esto escribió Benedetti en 1964, en pleno discurrir de mi infancia. No tenía idea entonces de cuántas cosas era capaz de cambiar, borrar o disimular una simple sonrisa, aunque fuese por un instante fugaz. «Sonríe cual si fuese una revelación –prosigue el poeta- y su sonrisa anula todas las anteriores, caducan al instante sus rostros como máscaras sus ojos duros frágiles como espejos en óvalo, su boca de morder su mentón de capricho sus pómulos fragantes sus párpados su miedo». Tremendo poder. «Sonríe y usted nace, asume el mundo mira sin mirar indefensa desnuda transparente». Pero acá viene la parte más interesante: «y a lo mejor si la sonrisa viene de muy de muy adentro, usted puede llorar sencillamente, sin desgarrarse sin desesperarse sin convocar la muerte ni sentirse vacía, llorar sólo llorar». Mario finalmente tiene que aceptar que aún la mayor sonrisa no dura para siempre. En lo mejor del gesto, en su momento de mayor brillo, magia y seducción, podría escaparse una lágrima. Claro, Benedetti termina el poema de manera generosa: «entonces su sonrisa si todavía existe se vuelve un arco iris». Es posible. Pero el hecho es que ni toda la magnitud de sus dones pudo evitar que asome la tristeza. ¿Por qué?

Tremenda pregunta. Así como hay infinitos motivos para sonreír a lo largo de una vida, puede haberlos también para llorar. Pero lo curioso es que las sonrisas por lo común afloran al instante, estallan en el rostro como un dato inevitable del espíritu, no se guardan para después. No pasa lo mismo con el llanto. Cuántas lágrimas no llegan a nacer detenidas justo al borde de los párpados, estrelladas en un muro de orgullo o de vergüenza. No se puede llorar, sólo llorar, delante de la gente. No siempre se puede, no siempre conviene, no siempre se quiere.

Se escucha decir con frecuencia, aunque cuesta creerlo, que cada ser humano tiene una suerte de apuntador misterioso de todos sus motivos para llorar. Quiero decir, un personaje incorpóreo, no se si un duende o acaso un ángel, que escribe en un cuaderno todas las circunstancias que nos provocan dolor sin que logremos llorar. Así, uno acumularía a lo largo de su existencia, cientos, miles de cuadernos con el minucioso registro de cada llanto que no fue. En los míos debe figurar seguramente el primer bofetón que recibí a los seis años por romper una botella de aceite que se resbaló sin querer, el puñetazo aquel de mi primera bronca involuntaria apenas iniciado el segundo grado, el abusivo que me esperaba cada tarde a la salida del colegio para burlarse sin compasión, los siete años de ausencia de mis hijos, el extravío de mi perro en el atardecer de su vida, la imposible muerte del pequeño Olafo, la frase repentina que te indica la caída de todos los respetos, la invasión del desprecio allí donde antes habitó el amor, la cruel denigración de los recuerdos que hasta entonces sostenían tu ilusión de vivir, la indiferencia que llega a tomar el lugar de la ternura, el vacío sin fin del que no puedes huir, la carta que se perdió, el error que no se puede enmendar, la hipertensión de mi hija, la obstinada agonía de mi padre, la muerte de mis amigos, el triunfo del miedo sobre el amor, mi espalda cada tarde. Es mejor no continuar.

Pero, escúchenlo bien, dicen también que cada vez que el apuntador llena un cuaderno, te asoma una lágrima furtiva o te sobreviene de pronto un llanto inexplicable. Es decir, se produce un desembalse, quizás por embotamiento, quizás por la agitación que supone trasladar el cuaderno concluido hasta el almacén. Eso explicaría el poema de Mario. La muchacha sonríe cual si fuese una revelación, pero al final puede llorar, llorar sencillamente. Es que se le acabó un cuaderno. Se le ocurrió sonreír justo cuando se le acabó un cuaderno. Lo que quiere decir que podría no detectar jamás de donde le vinieron esas ganas. Había llenado un cuaderno de motivos. Cualquiera pudo ser. O pudo ser el último y esa lágrima, antes de salir al exterior, pudo a su vez haber cogido de la mano a todas las lágrimas que encontró a su paso, solitarias, melancólicas, adormiladas, acabando por misericordia con su eterna espera. Así se explican los llantos inexplicables. Ahora ya lo sabes.

A nadie escandaliza una sonrisa. Nos parece natural, grato y tan deseable que la gente lo haga a cada rato cada día. Más aún si esa sonrisa banaliza lo lindo o lo feo lo viejo o lo joven lo mucho o lo poco que uno realmente sea. Deberíamos, entonces, hacer también un pacto por el llanto. Asumir que la gente tiene el mismo derecho a llorar, en algún momento, en cualquier esquina, mientras come, camina o envía un e-mail, cada día si acaso tiene en su haber un superávit de cuadernos agotados o cada semana al menos, a fin de balancear las cosas y darle también su oportunidad a la tristeza. Llorar, sólo llorar, sin desgarrarnos, sin desesperarnos, sin convocar la muerte ni sentirnos vacíos. Sin provocar sobresaltos, sin que nadie corra ni se alarme. Si Mario tiene razón y acaso nuestra sonrisa aún existe, quizás se vuelva un arco iris.

LGO, Febrero 2007
1月2日

Eduviges y el museo de la esperanza

 
 
Ocurrió una vez hace muchos años, en un lugar alejado y maravilloso, rodeado de árboles que nadie podía podar ni pintar de blanco la base de sus troncos, de canarios cantores que nadie podía enjaular y de cavernas que servían de refugio a esas mariposas extraordinarias que se trasladaban cada año del Canadá hasta Sudamérica sólo para aparearse y regresar después a casa a depositar sus larvas. Hasta allí llegó un grupo de personas, habitantes de un curioso país donde la gente después de recibir once años de educación no sabía leer, con la decisión de construir una aldea pequeña, en cuya plaza principal se levantara el primer museo de la educación que nadie jamás haya imaginado posible en esa región del mundo.
La idea era genial. Las experiencias vividas al interior de ese ingenioso edificio serían tan notables para sus visitantes, que al cabo de recorrerlo nadie -ni el más distraído, necio o desinformado de ellos- conservaría el mismo grado de ignorancia con el que entró. Más aún, el museo debería estar tan magníficamente diseñado que su meticulosa visita debería multiplicar la sabiduría del sabio, devolver la motivación por aprender al negligente, pragmatizar y humanizar al más fatuo e inútil de los eruditos, dar autoconfianza a las mentes brillantes más tímidas, aumentar la fe en la educación pública a los ricos y convencer a todas las autoridades de la comarca de que sin educación, eran nada.

Durante cuatro años, los habitantes de esta aldea, a la que bautizaron como Eduviges, en homenaje dicen algunos a la santa hija del príncipe Bertoldo, duque de Carintia, marqués de Moravia, conde del Tirol, aunque creo que fue sólo para connotar 'educación' de una manera eufemística, se entregaron en cuerpo, alma, mente y corazón a tan noble misión.

Comprenderán, sin embargo, que organizarse como aldea y a la vez diseñar y construir el museo no era tarea fácil. Menos aún si cada uno de sus 100 habitantes, provenientes de cunas y parajes muy distintos, tenía ideas propias sobre la forma de hacer cada cosa. Y sobre el papel que debían cumplir los demás en el mismo empeño.

No es del caso relatar ahora la historia de las pequeñas proezas que implicó esta singularísima aventura, en lucha constante contra la mezquindad, la envidia, la desconfianza y hasta el desprecio de todos quienes creyeron tener más derecho que nadie a formar parte de ella o, mejor aún, a dirigirla. Sobre las cabezas de sus enemigos y apoyados en la esperanza de miles de paisanos, cuyas mejores ideas fueron escuchadas siempre con sencillez, este centenar de hombres y mujeres construyó el museo.

Lo que siguió a esta hazaña, sin embargo produjo una crisis sin precedentes en la pequeña Eduviges. El museo ya existía y había sido anunciado a los cuatro vientos. Pero... ¿en qué debían ahora sus habitantes ocupar su tiempo? Las opiniones estaban divididas. Los ánimos también. ¿Qué otra proeza de la misma talla se le ofrecía ahora a un grupo de personas demasiado habituado ya a la intensidad, la tensión y el desafío? Hay que empeñarse ahora en que la autoridad apruebe lo que hicimos, dijeron unos y que hagan del museo una institución oficial. No, dijeron otros, lo más difícil será conseguir que la gente, todas las gentes de esta gran comarca, con o sin la voluntad del rey, quieran entrar.

Nadie sabe a ciencia cierta cuál fue finalmente el dramático desenlace de semejante dilema, dato que se ha perdido en las confusas brumas del tiempo. Pero dicen algunos que hasta el día de hoy, en el lugar donde se dice existió Eduviges, se puede escuchar en las noches, con algo de atención y esfuerzo, el eco lejano de los ardorosos debates. También se dice, aunque no me consta, que los habitantes de los pueblos vecinos a ese mítico y solitario paraje -campesinos todos- suelen exhibir desde su más tierna edad, una curiosa y notable sabiduría.

(c) LGO 2006
11月2日

Visita inesperada


 
Llegaste a buscarme a mí. Sin planes, sin anuncios, así no más, traído por la vida. Ayúdame a recordar si fueron dos o tres las horas que pasamos juntos. Las horas en que pusimos en paréntesis las obligaciones del día para inventar -en una cadena interminable de instantes- mil y una manera de pasarla bien, sorprendiéndonos mutuamente, burlándonos el uno del otro y riéndonos de todos a nuestro alrededor. Tu abrazo me enterneció, tus ojitos brillantes y tu sonrisa tímida me hablaban de tu alegría de verme, la misma que sentí yo al verte cruzar mi puerta.

Nos bastaron pocos segundos para entrar en complicidad. En seguida vinieron los dos dibujos maravillosos que aún conservo y que pintaste con mis colores rústicos, esos que jamás pensé ver convertidos de objeto admirable en objeto útil y que ahora no tienen punta; el torneo de pelotas encestables, aprovechando que los tachos de basura estaban por lo pronto vacíos; el juego del carrito, otro ornamento que antes me servía para ver la hora transformado repentinamente en un thing game for kids; el rompecabezas de bola roja y tus ensayos absurdos que nos arrancaron tantísimas carcajadas; la guerra de aviones, varios de los cuales terminaron estrellándose en el rostro sorprendido de ocasionales y distraídos visitantes; el juego de dados, con castigo asqueroso para el ganador de cada vuelta y que casi siempre recibí yo. Sólo mi lápiz gigante pudo ser rescatado de tu euforia encantadora.

Hacía mucho que el discurrir del tiempo en ese rincón de la oficina no se cargaba de tanta gratuidad. Es decir, de tanto derroche de intensidad apoyado en un sencillo porque sí, en la necesidad de reir sin propósito, de sentirse bien con el otro sin más interés que divertirse en el hacer compartido, en un hacer banal pero teñido de disfrute y de belleza. El deber se encogió por unas horas para recibir de tí esa sobre dosis de placer y bondad inmotivados, que renovó mis ganas de ser yo por el resto del día.

Desde chiquito quería ser doctor, pero después me enfermé y me hice músico, escribió Kevin Johansen en una canción dedicada a Charly García, en la que le agradece «por enseñarnos que la alegría no es solo brasilera». No se que quieras hacer después de tí y de tu vida. Difícil saberlo a ciencia cierta a los cuatro años. Pero sea cual fuese el destino que decidas construir, si quieres ser feliz y hacer felices a todos los que ames, lo que ahora eres no lo canjees jamás por solemnidad ni se lo empeñes nunca a la cordura. Gracias por elegir ser mi amigo, gracias por regalarme tanto afecto sin pedirme antecedentes.
 
(c) LGO
9月2日

Una parte de nosotros ya no está, algo todavía no es


Fin del camino Fernando Soria Castro. Zaragoza (España). Revista Almiar
www.margencero.com/foto_muestra2/fotos3.htm

«Nunca estamos en casa: una parte de nosotros ya no está, algo todavía no es y cada uno se considera, muy a menudo, más viejo y a la vez más joven que todo lo que sucede a su alrededor. Quisiéramos saber en dónde estamos y adónde vamos, sobre todo para saber ser y existir -en alguna parte- con toda nuestra individualidad. El deseo de detenernos, que a veces nos sorprende, es tan sólo el deseo de mirar si todavía existimos».

Itaca y más allá
Claudio Magris

6月11日

Sobre la cultura del amor a finales del siglo XX

                                                            Chagall
 
Invento cortesano de la Edad Media, las relaciones de pareja fueron contratos de servicios para la procreación dentro de ciertas esferas sociales y para asegurar la tenencia de bienes terrenales y materiales dentro de las familias, o para garantizar la ampliación de las propiedades agrícolas. De rey a paje los contratos de matrimonio fueron una regla que partía del principio que entre dos seres humanos no tiene porque haber ningún sentimiento para poder procrear.
 
Ésta es la misma época de la libertad sexual y de los Canterbury Tales que Pasolini pusiera en pantalla en los años sesenta para darnos ánimo que el amor formal y aburrido no era el sentido del amor. Fue la Revolución Industrial la que nos introdujo al amor romántico de dos gardenias para ti/ con eso quiero decir/ te amo/ te extraño/ mi vida. Al decir te amo «la figura no remite a la declaración de amor, a la confesión, sino al proferimiento repetido del grito del amor», Lacan propone que Te amo «no es una frase: no transmite un sentido sino que se aferra a una situación límite: aquélla en que el sujeto está suspendido en una relación espectacular con el otro. Es una holofrase». Pero a toda edad, siempre, se dice y se siente este grito como una manifestación de un algo inasible que identifica a dos personas y donde el uno entrega (o cree que entrega) su corazón al otro en una donación tan generosa como inesperada. Te amo implica siempre un otro (...) De pronto viene el deslumbramiento y te quiero cuando callas por que estás como ausente. Ése es el inicio de las dudas que acompañaran al amor siempre.
 
                                                                       Chagall
El amor romántico
 
Fueron las prohibiciones de la Reina Victoria y las sanciones morales a toda forma de expresión sexual no directamente relacionada con la procreación, y la ampliación de la fuerza de trabajo, que llevaron a la edad romántica. El romanticismo inglés y alemán inician eso que después ha sido reconocido como la manera como dos personas entablan sus vínculos. Hoy sería impensable, casi, pensar en un inglés o alemán románticos, pero fueron los padres del sentimiento desgarrado, de la pasión atormentada y del «hasta que la muerte nos separe» contractualmente preparado por la cultura judeo cristiana.
 
De Jane Austen y Thackeray a Brahms y Schubert, el romanticismo no sólo atravesó sus obras sino sus vidas. La mujer, para sobrevivir, tiene que parecer tonta e ignorante, escribió la autora de Orgullo y Prejuicio, Sentimiento y Sensibilidad, entre otros títulos. Era una aproximación idealista a las relaciones humanas todas orientadas a la reproducción y al fortalecimiento de la sociedad de la producción, en términos de Foucault. Los varones, en ese esquema, eran los ordenadores y dominadores del espacio público y las mujeres tenían un status no sólo limitado, sino sometido. Desde el traje asfixiante contra el que luchó Oscar Wilde al lado de las sufragistas de la época, hasta la prohibición de fumar o mostrar los tobillos o pensar, la mujer estaba destinada al espacio privado y al cuidado del hogar, que siendo romántico era perfecto.
 
La infelicidad generada por esta perfección romántica fue el costo de una organización social y económica para el progreso. La urgencia de ampliar la fuerza de trabajo y de que cada niño nace con su pan bajo el brazo y más hijos garantizan una mejor vejez a los padres, remató un amor romántico cuyo signo fue trágico. Ana Karenina quizás sea la mejor expresión del romanticismo trágico. Casada por conveniencia encuentra su amor en un oficial de caballería, pero no tuvo salida porque estaba casada y después de gozar del amor prohibido con el oficial y ser abandonada por éste, por la necesidad de él de regresar a la sociedad, ella se tiró a los rieles del ferrocarril. No tenía otra salida. Aquella sociedad no iba a permitir un resquebrajamiento del orden de esa magnitud. Karenin era el arquetipo del hombre en la cumbre social, noble y profesional, abogado y juez. En este sentido, dice Savater, cada uno tiene derecho a su propia historia, citando a su vez a Tolstoi en la obra citada.
 
El amor romántico tuvo mucho que ver, entonces, con los desbalances entre los hombres y las mujeres, con la relación dominante/ dominado, con la mujer-niña que no trabaja, ni firma cheques, ni piensa. Si bien, detrás de cada gran hombre hay una gran mujer que le permite serlo, se decía. Hoy detrás de cada gran hombre hay una mujer asombrada.
 
                                                                              Chagall
Amor, desamor y divorcio
 
Amor y desamor son ambos lados de una moneda cuyo medio de cambio es el deseo. Pero al igual que las monedas, se devalúa y finalmente muta, encontrándose con cierta frecuencia que hay amor con un deseo adormecido, en cuyo caso tu amor se volvió tu mascota, tu acompañante, pero no más el agitador de tus pasiones y se introduce el divorcio. La ley de Gresham se aplica también. Llega un momento en que el valor de ese amor está en el contenido metálico más que en el valor de cambio, el deseo.
 
Cuando Enrique VIII inventó el divorcio y se salió de la Iglesia Católica para fundar la Anglicana, no se hubiera imaginado nunca que el amor romántico iba a llegar y que el divorcio entre la familia real inglesa iba a ser mal visto y a impedir la llegada al reinado a más de uno de sus descendientes. La constatación del desamor del no puede ser llega con o sin contrato legal o religioso de por medio. Llega. A Werther lo mandó al suicidio. Perdió a Carlota y murió su alma. No había más. Murió de amor. Gide dice «acabo de releer Werther no sin irritación. Había olvidado que empleaba tanto tiempo en morir» (no fue un tren que lo atropelló como a Ana Karenina, sino un veneno que tomó para aliviar su alma adolorida por el abandono de Carlota). «Por la menor herida tengo deseos de suicidarme: cuando uno lo medita, el suicidio amoroso no tiene un motivo preferente»  (Stendhal), pero es un chantaje y una manera de expresar que sin ti me muero o cambio mi reino, que es una muerte también.
 
Las sufragistas inglesas fueron torturadas para lograr el derecho al voto a inicios de este siglo y fumar se volvió un acto de transgresión reconocible para las mujeres con las presiones que sobre el hogar perfecto daba la realidad económica. Las mujeres comenzaron a ser reconocidas como pensantes y Sor Juana Inés de la Cruz fue sacada del armario del olvido avanzado este siglo (Hombres necios / por qué me acusáis así / de vuestros propios pecados). Vita Sackville West y Virginia Woolf en los años veinte sacudieron el sentido común del amor romántico haciendo lo que mejor les parecía con sus vidas, no obstante las restricciones sociales, para dolor y congoja de sus maridos. El divorcio se introdujo de manera mayor y más generalizada reconociéndose que ni el amor ni el deseo son eternos. Todas las otras formas de amar fueron penalizadas legalmente, incluyendo el amor que no se atreve a llamarse por su nombre de Oscar Wilde por su inescrupuloso Bosie.
 
                                                             Chagall
Los 60 y el amor libre
 
Hasta que llegaron los sesenta y entre el amor libre y she loves you/ yeah/ yeah/ yeah se reencontró la espontaneidad del amor, incluido el prohibido. El tranvía llamado deseo ingresó por los parques de una juventud asfixiada todavía por la rigidez del amor romántico. Para comerse a un hombre hay que hacerlo con cuidado, primero sacándole las espinas, dice Juan Gonzalo Rose. La iniciativa se dio la vuelta. La cultura se abrió a la posibilidad que las mujeres tuvieran algo que decir sobre el amor y el deseo y que hombres y mujeres pudieran expresar su amor/ deseo o deseo puro por alguien de su propio sexo.
 
Bajo el paraguas del feminismo, la búsqueda de la equidad entre los géneros transforma el amor romántico en otra cosa. Lo perfecto desapareció y el sufrimiento del sometimiento se transformó en la posibilidad de comer hombres (y mujeres), sin espinas y sin culpa. Sin lugar a dudas esto también cambió a los hombres. Más aún cuando Prudencia y la Píldora se volvió la película más vista de 1968.
 
De todas maneras, de lo que estamos hablando es que no es aventura ni capricho/ ni dulce sueño de ilusión/ si ya por fin unimos dos almas en un solo corazón y que siempre en ti estoy pensando y tú de mi no sabes nada, hace tanto tiempo que te quiero y me callo las palabras. Barthes nos sugiere que corazón es el órgano del deseo y vale para toda clase de movimientos y deseos, pero lo que es constante es que el corazón se constituya en objeto de donación —aunque sea mal apreciado o rechazado. En este caso es un corazón oprimido del que habla la letra del bolero.
 
Oscar Ugarteche
Fragmento de «Un apunte sobre la cultura del amor a fin de siglo»
Lima, noviembre de 1999
6月10日

Alabanza del misterio

 
Lo simple, lo tenue y lo mínimo pueden ser el hilo que conduce hacia la madeja de los sentimientos más intensos de las personas que significan algo para nosotros y no por eso más evidentes a los ojos de los demás. Confieso que no es fácil conectarse con esa pequeña dimensión del mundo. Estamos tan anclados en nuestras preocupaciones y quehaceres inmediatos, que no nos queda mucho margen para mirar al fondo del corazón de nadie. O, cuando lo intentamos, es apenas para proyectar nuestras propias emociones y atribuírselas a otros con una convicción inquebrantable, a veces incluso con resentimiento. Lo puedes mirar de frente y no verás su rostro, dice Lao Tse, lo puedes seguir pero no verás su espalda. Vaya que no es fácil y sin embargo, que miserable puede volverse la existencia cuando ni siquiera lo intentamos o, peor aún, cuando ni siquiera nos perturba la idea de vivir desconectados del alma de la gente que amamos. He aquí la palabra del Tao:
 
Aquello que miramos y no podemos ver es lo simple.
Lo que escuchamos sin poder oír, lo tenue.
Lo que tocamos sin asir, lo mínimo.
Lo simple, lo tenue y lo mínimo no pueden indagarse.
Juntos se conjugan en lo uno.
Revelado, no deslumbra
Oculto, no pierde su luz.
Infinito, no puede ser definido.
Se esfuma en la no existencia.
Es la forma de lo que no tiene forma, es la imagen de la no existencia.
Es lo esquivo y misterioso.
Lo puedes mirar de frente, pero no verás su rostro.
Lo puedes seguir, pero no lograrás ver su espalda.
 
Quien se apega con fuerza al Tao primordial,
gobierna la existencia de cada día y puede adquirir la sabiduría primordial.
Esta es la iniciación al Tao.
 
Lao Tse, Tao Te King (El Libro del Recto Camino)
 

© LGO

4月22日

Cosas de la vida

 
Hay días en que muchas cosas forman parte de mí, como mi nombre, mis cejas o mi biografía. Por ejemplo el fluorescente que ilumina cada noche esta pantalla, mi pequeño posavasos de aluminio o este viejo cojín azul sobre el que descansa mi doblada espalda. También mi cafetera eléctrica, la canasta de frutas, la jarrita de agua hervida, el control remoto de mi pequeña TV, las dos almohadas blandas que me ayudan a encontrar el sueño después de cada medianoche o el espejo largo del baño. Cada detalle resume un trozo de mi historia y es producto de una cadena interminable de pequeñas decisiones, es decir, de elecciones, renuncias y postergaciones.
 
Hay días, sin embargo, en que nada forma parte de mí. Se desprenden la luz, el café, la almohada, se desprende mi espalda, tanto como la fruta, la TV y el agua. Se desprenden mis huesos, mi piel, mi cara, se desprenden mis sueños, el reloj, mi cama, ya nada está en mí ni lo requiero. Hay días en que todo me hace falta para entender lo que soy o lo que he sido. Hay días en que nada me es preciso para definirme y podría definirme a secas, es decir, a partir de nada, como el día en que vine al mundo y, a veces tiemblo de pensar, si acaso como el día en que saldré de él.
 
Hay días en que necesito todo lo que tengo para seguir siendo y perderlo o arriesgarlo sería casi como convocar la muerte. Hay días en que puedo o necesito prescindir de todo para ser aún reconocible en el mundo o merecer la vida. Reescribir la propia historia -quiero decir, por ejemplo, elegir otras cosas, renunciar a otras cosas, postegar otras cosas- requiere de osadía, pero no se si de motivos. Como si reinventarse cada cierto tiempo fuese un ciclo inevitable de la vida y, según como se sienta, un don o una condena.
 
Cuando eso ocurre, sin embargo, no hay fórmulas para disimular sin culpa la ilusión o la esperanza que te brota en la piel, ni para impedir el dolor, la soledad, la incertidumbre que, a la vez, se enroscan en tu corazón.
 
© LGO 2006
3月18日

Alertómetro

Cuando te vuelves duro, frío e impenetrable como una roca, inmune a la caricia
o acaso a la eventual humedad del alma de los que te aman.
 
 
 
Cuando te repliegas, asustado o arisco, como un erizo y no impides que se te acerquen,
aunque sabes que lastimarás a quien lo haga, pese a no tener culpa de nada.

 
 
Cuando te encierras en tu propio mundo y clausuras, a sabiendas,
todas las ventanas que conducen hacia el corazón de los que rodean.
 
 
 
Cuando rompes o levantas los únicos puentes que te unen a todos aquellos
en cuyos ojos se refleja habitualmente lo mejor de tí mismo.
 
 
 
Cuando te sientes invencible e invulnerable y desprecias la ayuda de los que pueden 
regalarte el gramo de sal que te falta para evitar la derrota. 
 
 
Cuando te encuentras en un estado como este, acaso llegaste al punto más alto de
tu vulnerabilidad y entraste a un estado de torpeza que te dejará a un paso de perderlo todo.
 
 

Esto no es una cadena, tan solo un medidor sencillo para saber a cuántos centímetros estamos
del último sótano del sufrimiento humano. Si es tu caso, busca buenos amigos.

©  LGO 2006
 

El destinatario de mis canciones

 

El primer destinatario de mis canciones siempre he sido yo mismo. Escribo canciones por un goce bastante egoísta, por el placer que me provoca hacerlas. Asimismo creo ser su más severo crítico y no suelo cortejarlas mucho. Las mimo sólo en los instantes en que, como Atenea, van apareciendo de las migrañas de su padre. Como las olvido pronto, al reencontrarlas me parecen distintas, como si por la lejanía fuesen otras. Ahí les descubro lo que no les sabía. Me parecen hijas abandonadas y puede que por eso las trate con algo de compasión. 

O sea que siempre he escrito para mi, de acuerdo con mi gusto y conciencia. Algunas canciones pueden parecer herméticas porque a veces la realidad se muestra polisémica e induce tropos. Pero la inagotable imaginación humana se encarga de rehacer esas canciones para cada circunstancia u ocasión. Un claro ejemplo es "Unicornio", de la que cada persona tiene su propio argumento. Esto lejos de disgustarme me complace, porque me hace parte de un intercambio infinito con mis interlocutores. Ser parte de ese juego creador puede que sea el mayor de mis privilegios.  

(Entrevista de Belén Gopegui a Silvio Rodríguez)

3月16日

Instante

Déjate llevar por la brisa imperceptible de esta mañana vacía. Escapa de tus especulaciones, huye de tu melancolía, renuncia a imaginar el día siguiente, no pienses más en lo que harás más tarde, tampoco te abandones a la incertidumbre de la próxima hora. Ahora estás solo, a merced de la música y el leve ruido de los autos que pasan ocasionalmente bajo tu ventana. Ahora solo hay lugar para disfrutar esta extraña sensación de nada, que te paraliza y a la vez te impulsa a correr o a entregarte al sueño. No pienses más, es inútil. Apaga tu mente un instante, vacíate de nostalgias y pronósticos. Sólo este dolor en el pecho, que al menos te recuerda que todavía estás vivo. Sólo esta ventana hacia ti mismo, ahora entreabierta. Apóyate en ella y contémplate, mírate, descúbrete, antes que se te vuelva a cerrar. Sólo por este instante, sin embargo, no me cuentes lo que ves. 

© LGO 2006

 

3月14日

La utilidad de la nada


 
                                                                                       
    Carlos Cabo

Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda,
pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda.

Con arcilla se moldea un recipiente,
pero es precisamente el espacio que no contiene arcilla el que utilizamos como recipiente.

Abrimos puertas y ventanas en una casa,
pero es por sus espacios vacíos que podemos utilizarla

Así, de la existencia provienen las cosas
y de la no existencia su utilidad.
 

(
Lao Tse, Tao Te King)

3月12日

¿Quién soy?

Tarde o temprano, llega un momento en la vida en que esta pregunta cobra sentido ya no a partir de la búsqueda de una esencia, que después de tanto buscarla llegas a comprobar que no existe, o de una enigmática predestinación, cuya suposición nos resultó tan cómoda algunas veces, sino de un simple balance de lo actuado.  

Ha costado aceptar a muchos que no llevamos ningún chip en el alma con una identidad codificada de antemano, sino un sencillo cuaderno de bitácora, listo para llenarse de notas, garabatos y borrones, de bocetos y mapas, de crónicas y señales. Donde cada nueva página representó una posibilidad que decidiste llenar de una entre miles de otras formas igualmente deseables. Allí están pegadas tus flores secas, tus servilletas sucias con escritos memorables, la humedad de una lágrima sobre la tinta de una frase ahora ininteligible, tus viejas fotos, conservando impiadosas rostros que quisieras olvidar, el dibujo de tus sentimientos ocasionales, quizás tus deseos más negados, quizás tu rabia, tu esperanza o tu resignación.  

Naturalmente, si lo vuelves a leer te darás cuenta que todo, absolutamente todo, se pudo organizar de otra (s) manera (s). Si la página que arrancaste hubiera permanecido en su lugar, si hubieras quitado esta otra, si esta pequeña historia se hubiese contado de otra forma, si nos hubiéramos ahorrado ese poema, si habríamos transpuesto esa furia o caminado de costado por el abismo de ese olvido. Tantas cosas pudieron ser distintas. Tanto dolor pudo haberse evitado. Tanta felicidad pudiste no haber conocido jamás.

Te guste o no, ahora eres lo que elegiste. Pero, repítelo 100 veces, lo que elegiste no fue un destino. Sólo una opción en un juego de probabilidades con infinitas posibilidades de combinación. Giambatista Vico decía, en la lejana edad media, que conocer la realidad no era más que colocar las cosas en un bello orden. ¿De cuántas otras bellas maneras se puede seguir colocando ahora las cosas que componen la realidad de lo que somos o de lo que creemos ser?  

Quizás, entonces, la pregunta inicial no sea esa. No me es posible saber quién soy. Sólo puedo intentar saber qué es lo que he hecho de mí hasta hoy y, en todo caso, qué es lo que quiero hacer de mí en adelante. Pero, que lástima, Von Neumann o Nash no me bastarán para jugar un juego donde la razón es tan sólo una ficha. Podría ser mejor releer Rayuela. 

© LGO 2006

3月7日

Concentración

 

Tengo que terminar de escribir esto a cualquier precio el día de hoy. Por fortuna, ya casi acabo. Sólo debo encontrar la frase precisa de un autor consagrado que respalde lo que modestamente afirmo aquí. Mejor si son dos. ¿En qué carpeta archivé el texto de Braslavsky? Lo he impreso 100 veces, pero vaya usted a saber dónde dejé las copias. Espera, que debe estar en este directorio. ¿Con qué nombre lo guardé? Mejor lo vuelvo a bajar del internet, es más rápido. Bueno, ahora que he abierto el explorer daré primero un vistazo a mis correos, solo me tomará un minuto. Aquí están... Vaya, no me responden todavía. Creo que se los voy a volver a preguntar, es cosa de un segundo. Ya. Ahora sí, Braslavsky. Ah, que ganas de un café. De veras que traje un café muy especial para hoy, vamos a ver si supera al anterior. Sí, necesito un café. ¿Alguien más quiere uno? Donde dejé mi taza, ah sí, ahora está por acá. Listo, en tres minutos esto empezará a oler. Braslavsky, no? sé muy bien qué frases suyas me van a respaldar, es sólo cuestión de tener su texto a la vista, recuerdo en qué parte lo dijo. Vaya, ya se siente el aroma, me serviré poco pero muy negro. Necesito tomar fuerzas antes de hacer inmersión en el océano de la bibliografía. Listo, ya estoy frente a mi pantalla y este café es de verdad delicioso. Miraré otra vez mi correo, no vaya a ser que ya tenga respuesta. Es una cosa rápida. No, nada aún. Cerraré esto. ¿Qué dice acá? Vaya, poner la web de La República como página de inicio tiene sus inconvenientes. Echaré un vistazo veloz a esta noticia, es que no puedo creerlo. Ajá, es como me lo suponía. Aquí hay más noticias relacionadas… No, cerraré esto, más tarde lo reviso con calma. Se acabó mi café. Estuvo buenísimo. A ver, dijimos que buscaríamos el artículo de Braslavsky en internet. Google... Aquí está, este es. Vamos a bajarlo de nuevo. Listo, lo abrimos ahora y a buscar la frase. Un momento, voy a dejar esta taza en la cocina, me molesta ver cosas sucias delante mío, no me dejan pensar. Sí, así está mejor. Pero mejor la lavo, qué me cuesta, no me agrada dejar lo que ensucio para que otro lo lave. Ahora sí. A ver, aquí está el texto. Vamos a poner algo de música, Bocelli me inspira, me despeja la mente. ¿Cuál de estos discos era el que tenía…? Ah sí, este es. Listo, un toque y ya. Bueno, Braslavsky… si, ya decía yo, aquí está. Si me acordaba perfectamente. La cita está hecha a la medida. Fabuloso. A ver, copiar… y pegar. ¿Me habrán contestado el correo ya? Voy a mirar rapidito. No puedo creerlo, al fin! Le voy a responder un toque. Ya está. Vaya, cinco correos nuevos, ni modo, tendré que abrirlos, ya estoy aquí. Ajá… Bueno, nada trascendente. Volvamos a Braslavsky. Ya tengo la cita, ahora hay que insertarla e hilvanarla con mi texto. Vamos a ver, esto no es difícil. Claro, esto tiene mucha coherencia, me gusta. Pero necesito otra frase. Quizás Reimers… ¿Qué texto era ese? Bueno, vamos a buscarlo. ¿En qué carpeta archivé el texto de Reimers? Lo he impreso 100 veces, pero vaya usted a saber dónde dejé las copias… Necesito un vaso de agua. 

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LGO 2006
 
3月6日

Cortázar y los sueños

 
Podrías contarme algo de tus sueños, porque por lo que sé son recurrentes y han abierto el camino a no pocos relatos. Además tenés la suerte de poder retenerlos, atrapar las imágenes que luego te van a servir.

Julio Cortázar: Los sueños son capitales en mi vida. Si hago la cuenta de los que dieron origen a mis cuentos deben ser muchos. Empezando por "
Casa tomada", que fue una pesadilla vivida y escribí el cuento la misma mañana después de haberla tenido. Hay algunos sueños que puedo recordar nítidamente al despertar, otros trato de atraparlos y se me van como una nube. Pero los más terribles me marcan de tal manera que aun en este momento en que te estoy hablando veo esa imagen que luego será Ciclón Molina en "Segundo Viaje"; estoy viendo mi pesadilla como si hubiera estado ayer en la morgue viendo un cadáver. También tengo sueños alegres, por supuesto, pero nunca he escrito un cuento con ellos. O sueños anodinos o divertidos. Fijate, yo tengo sueños en los que hago juegos de palabras, pero eso es deformación profesional del escritor y cuando me despierto y me acuerdo del sueño me río mucho porque descubro la clave. Algunos son muy tontos. Por ejemplo, en una época en que yo sufría un problema afectivo, de separación, tenía un osito de felpa que era un símbolo entre nosotros, y lo perdí; se fue con ella, y yo me acordaba de ese juguete con cariño. Una noche soñé con ese osito y alguien me decía que se llamaba Lemío, nombre que jamás yo ni la mujer en cuestión, le habíamos dado. Cuando me desperté, como ya sé analizar mis juegos de palabras, me di cuenta de manera completamente estúpida, pues se trataba de la canción napolitana, "O sole mio", "Oso-lemio"...
 
(Entrevista a Julio Cortázar realizada por Osvaldo Soriano en París, 1983)
2月26日

Estatutos del hombre y de la mujer

Artículo I.

Queda decretado que ahora vale la vida,
que ahora vale la verdad,
y que de manos dadas
trabajaremos todos por la vida verdadera.

Artículo II.

Queda decretado que todos los días de la semana,
inclusive los martes más grises,
tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.

Artículo III.

Queda decretado que, a partir de este instante,
habrá girasoles en todas las ventanas,
que los girasoles tendrán derecho
a abrirse dentro de la sombra;
y que las ventanas deben permanecer el día entero
abiertas para el verde donde crece la esperanza.

Artículo IV.

Queda decretado que el hombre
no precisará nunca más
dudar del hombre.
Que el hombre confiará en el hombre
como la palmera confía en el viento,
como el viento confía en el aire,
como el aire confía en el campo azul del cielo.
Párragrafo único:
El hombre confiará en el hombre
como un niño confía en otro niño.

Artículo V.

Queda decretado que los hombres
están libres del yugo de la mentira.
Nunca más será preciso usar
la coraza del silencio
ni la armadura de las palabras.
El hombre se sentará a la mesa
con la mirada limpia,
porque la verdad pasará a ser servida
antes del postre.

Artículo VI.

Queda establecida, durante diez siglos,
la práctica soñada por el profeta Isaías,
y el lobo y el cordero pastarán juntos
y la comida de ambos tendrá el mismo gusto a aurora.

Artículo VII.

Por decreto irrevocable
queda establecido
el reinado permanente
de la justicia y de la claridad.
Y la alegría será una bandera generosa
para siempre enarbolada
en el alma del pueblo.

Artículo VIII.

Queda decretado que el mayor dolor
siempre fue y será siempre
no poder dar amor a quien se ama,
sabiendo que es el agua
quien da a la planta el milagro de la flor.

Artículo IX.

Queda permitido que el pan de cada día
tenga en el hombre la señal de su sudor.
Pero que sobre todo tenga siempre
el caliente sabor de la ternura.

Artículo X.

Queda permitido a cualquier persona,
a cualquier hora de la vida,
el uso del traje blanco.

Artículo XI.

Queda decretado, por definición,
que el hombre es un animal que ama,
y que por eso es bello,
mucho mas bello que la estrella de la mañana.

Artículo XII.

Decrétese que nada estará obligado ni prohibido,
todo será permitido,
incluso brincar con los rinocerontes
y caminar por las tardes
con una inmensa begonia en la solapa.

Parágrafo único:
Solo una cosa queda prohibida:
amar sin amor.

Artículo XIII.

Queda decretado que el dinero
no podrá nunca más comprar
el sol de las mañanas venideras.
Expulsado del gran baúl del miedo,
el dinero se transformará en una espada fraternal
para defender el derecho de cantar
y la fiesta del día que llegó.

Artículo Final.

Queda prohibido el uso de la palabra libertad,
la cual será suprimida de los diccionarios
y del engañoso pantano de las bocas.
A partir de este instante
la libertad será algo vivo y transparente
como un fuego o un río,
y su morada será siempre
el corazón del hombre.

 

(Mario Benedetti)

Poema


De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.
De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.
Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.
 
(César Vallejo)

Heces

 

Esta tarde llueve, como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce.  Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su "No seas así!"

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!
 
(César Vallejo)
1月28日

Cinco permisos para ser persona

 

1. Me concedo a mí mismo el permiso de estar y de ser quien soy,
en lugar de creer que debo esperar que otro determine
dónde yo  debería estar o cómo debería ser. 

2.  Me concedo a mí mismo el permiso de sentir lo que siento,
en vez de sentir lo que otros sentirían en mi lugar. 

3.  Me concedo a mí mismo el permiso de pensar lo que pienso
y también el derecho de decirlo, si quiero,
o de callármelo, si es que así me conviene. 

4.  Me concedo a mí mismo el permiso de correr los riesgos
que yo decida correr, con la única condición de aceptar pagar yo mismo
los precios de esos riesgos. 

5.  Me concedo a mí mismo el permiso de buscar
lo que yo creo que necesito del mundo,
en lugar de esperar que alguien más
me dé permiso para obtenerlo. 

(Virginia Satir)

1月25日

Crónicas budistas I


Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente,
pero el presente es tuyo
Proverbio árabe

 
«El pasado y el futuro existen sólo en nuestras neuronas y lo único que nos pertenece es el aquí y el ahora. Cuando nuestras vidas han sido tocadas por el aquí y el ahora logramos entender con nuestro cuerpo-mente que la esencia primordial de la realidad es la acción» Esto decía el Maestro Nishijima, un monje budista, en entrevista reciente.
 
«Una persona que piensa mucho es tensa y tiende a ser idealista. Por el contrario, una que se centra en sus sensaciones corporales suele ser más relajada y hedonista. Al unificar nuestro cuerpo y mente nos equilibramos: ni muy tensos ni muy relajados», agrega Nishijima.
 
El monje advierte que el momento presente es tan efímero o instantáneo que no podemos ni pensar sobre él ni sentirlo en el instante. Lo único que podemos hacer, dice Nishijima, es actuar. «Nuestras vidas, por lo tanto, son una serie de acciones y en el budismo Zen reconocemos las acciones puras, donde mente y cuerpo han recobrado su unión».
 
No obstante, Nishijima afirma que «la mayoría de las personas vive como si estuvieran anestesiadas», porque «la vida les pasa por encima y no se enteran de ello». El monje sostiene con convicción que «todos vamos a morir, pero son contados los que sienten la urgencia por vivir».
 
En el budismo, Zazen es tomarse el tiempo de ser, aquí y ahora, sentarse y sentirse, sentir lo que somos. Si Zen significa mirarse a sí mismo, conocerse a sí mismo, hacerse íntimo consigo mismo, Zazen significa sentirse a sí mismo. No se trata de perseguir o buscar algo ni de aprender teorías, sino de sentarse y sentirse.
 
Thich Nhat Hanh sostiene que nuestras vidas están siempre dirigidas a la persecución de algún propósito y que tendemos a atribuir un valor a las cosas en la medida en que nos sirven para lograrlo. Lo que significa que no podemos vivir normalmente la vida en el lugar en que sucede, aquí y ahora, es decir, que nos perdemos siempre la vivencia del momento. Esta manera de vivir, motivada siempre por algo externo, nos impide disfrutar de las cosas y explica nuestra falta de paz interior y está a la base de muchas neurosis.
 
Desde esta perspectiva, recuperar el ahora es curar la herida ocasionada en nuestro modo de vivir por nuestra dependencia del tiempo, por nuestra obstinada persecución de ideales futuros que nos alejan constantemente de la experiencia presente.
 
© LGO  
 

Ver más en: http://www.filosofiayliteratura.org/zen/zen1.htm

 

Guerrero Ortiz Luis Alfredo

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