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March 07 Defensa de la tristeza![]() Fotografía (c) Hugo Herci
«A veces por supuesto usted sonríe y no importa lo linda o lo fea lo vieja o lo joven lo mucho o lo poco que usted realmente sea». Esto escribió Benedetti en 1964, en pleno discurrir de mi infancia. No tenía idea entonces de cuántas cosas era capaz de cambiar, borrar o disimular una simple sonrisa, aunque fuese por un instante fugaz. «Sonríe cual si fuese una revelación –prosigue el poeta- y su sonrisa anula todas las anteriores, caducan al instante sus rostros como máscaras sus ojos duros frágiles como espejos en óvalo, su boca de morder su mentón de capricho sus pómulos fragantes sus párpados su miedo». Tremendo poder. «Sonríe y usted nace, asume el mundo mira sin mirar indefensa desnuda transparente». Pero acá viene la parte más interesante: «y a lo mejor si la sonrisa viene de muy de muy adentro, usted puede llorar sencillamente, sin desgarrarse sin desesperarse sin convocar la muerte ni sentirse vacía, llorar sólo llorar». Mario finalmente tiene que aceptar que aún la mayor sonrisa no dura para siempre. En lo mejor del gesto, en su momento de mayor brillo, magia y seducción, podría escaparse una lágrima. Claro, Benedetti termina el poema de manera generosa: «entonces su sonrisa si todavía existe se vuelve un arco iris». Es posible. Pero el hecho es que ni toda la magnitud de sus dones pudo evitar que asome la tristeza. ¿Por qué? Tremenda pregunta. Así como hay infinitos motivos para sonreír a lo largo de una vida, puede haberlos también para llorar. Pero lo curioso es que las sonrisas por lo común afloran al instante, estallan en el rostro como un dato inevitable del espíritu, no se guardan para después. No pasa lo mismo con el llanto. Cuántas lágrimas no llegan a nacer detenidas justo al borde de los párpados, estrelladas en un muro de orgullo o de vergüenza. No se puede llorar, sólo llorar, delante de la gente. No siempre se puede, no siempre conviene, no siempre se quiere. Se escucha decir con frecuencia, aunque cuesta creerlo, que cada ser humano tiene una suerte de apuntador misterioso de todos sus motivos para llorar. Quiero decir, un personaje incorpóreo, no se si un duende o acaso un ángel, que escribe en un cuaderno todas las circunstancias que nos provocan dolor sin que logremos llorar. Así, uno acumularía a lo largo de su existencia, cientos, miles de cuadernos con el minucioso registro de cada llanto que no fue. En los míos debe figurar seguramente el primer bofetón que recibí a los seis años por romper una botella de aceite que se resbaló sin querer, el puñetazo aquel de mi primera bronca involuntaria apenas iniciado el segundo grado, el abusivo que me esperaba cada tarde a la salida del colegio para burlarse sin compasión, los siete años de ausencia de mis hijos, el extravío de mi perro en el atardecer de su vida, la imposible muerte del pequeño Olafo, la frase repentina que te indica la caída de todos los respetos, la invasión del desprecio allí donde antes habitó el amor, la cruel denigración de los recuerdos que hasta entonces sostenían tu ilusión de vivir, la indiferencia que llega a tomar el lugar de la ternura, el vacío sin fin del que no puedes huir, la carta que se perdió, el error que no se puede enmendar, la hipertensión de mi hija, la obstinada agonía de mi padre, la muerte de mis amigos, el triunfo del miedo sobre el amor, mi espalda cada tarde. Es mejor no continuar. Pero, escúchenlo bien, dicen también que cada vez que el apuntador llena un cuaderno, te asoma una lágrima furtiva o te sobreviene de pronto un llanto inexplicable. Es decir, se produce un desembalse, quizás por embotamiento, quizás por la agitación que supone trasladar el cuaderno concluido hasta el almacén. Eso explicaría el poema de Mario. La muchacha sonríe cual si fuese una revelación, pero al final puede llorar, llorar sencillamente. Es que se le acabó un cuaderno. Se le ocurrió sonreír justo cuando se le acabó un cuaderno. Lo que quiere decir que podría no detectar jamás de donde le vinieron esas ganas. Había llenado un cuaderno de motivos. Cualquiera pudo ser. O pudo ser el último y esa lágrima, antes de salir al exterior, pudo a su vez haber cogido de la mano a todas las lágrimas que encontró a su paso, solitarias, melancólicas, adormiladas, acabando por misericordia con su eterna espera. Así se explican los llantos inexplicables. Ahora ya lo sabes. A nadie escandaliza una sonrisa. Nos parece natural, grato y tan deseable que la gente lo haga a cada rato cada día. Más aún si esa sonrisa banaliza lo lindo o lo feo lo viejo o lo joven lo mucho o lo poco que uno realmente sea. Deberíamos, entonces, hacer también un pacto por el llanto. Asumir que la gente tiene el mismo derecho a llorar, en algún momento, en cualquier esquina, mientras come, camina o envía un e-mail, cada día si acaso tiene en su haber un superávit de cuadernos agotados o cada semana al menos, a fin de balancear las cosas y darle también su oportunidad a la tristeza. Llorar, sólo llorar, sin desgarrarnos, sin desesperarnos, sin convocar la muerte ni sentirnos vacíos. Sin provocar sobresaltos, sin que nadie corra ni se alarme. Si Mario tiene razón y acaso nuestra sonrisa aún existe, quizás se vuelva un arco iris. LGO, Febrero 2007 |
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